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27 de mayo de 2017

Pájaro en el cielo

El baldío estaba en la esquina de su cuadra. Allí remontaba su barrilete cada tarde, tras salir del colegio. Si llovía, pasaba las horas espiando por la ventana hacia aquel sitio. Anhelaba el sol dominante y la piola tensa en su mano.
Pero esa tarde en particular había sol y la brisa necesaria para hacer volar su cometa de caña y papel japonés. Su mirada acompañaba el barrilete, un pájaro en el cielo.
Un quejido lo distrajo de su infancia. El cuerpo a medio vestir de la adolescente, detrás de un arbusto, le arrebató la inocencia. El hombre sorprendido en pleno acto, le quitó la vida.

23 de mayo de 2017

Vi morir a Gutiérrez

Esa noche, la noche en la que el viejo Gutiérrez se enfrentaba a la muerte, yo estaba ahí.
Es difícil precisar cómo el destino se empeña en colocarnos en situaciones complejas, a veces hasta irrisorias. Porque en lo que se refiere a algún tipo de respeto por Gutiérrez, jamás tuve. Pendenciero, mal hablado, buscaba pelea en cada gesto, en cada palabra. Un tipo de esos que siempre se hay que tratar de evitar. Y eso es lo que hacía, hasta esa noche.
Uno vive al día, con lo que gana de las changas. No es una vida de lujos, ni por asomo. Muy por el contrario, es el pan de cada día y punto. Y la Estela lo sabe, por eso no chilla cuando al caer la tarde me voy por ahí. Ella tiene su mundo con los críos, y yo, que pongo el hombro por el jornal, tengo el mío, en el bar de los Aguada.
Hay un sector en la barra que me pertenece y la gente lo sabe. Por eso cuando llego siempre está libre, esperando por mi cuerpo, que se desploma sobre la madera desgastada y sucia a la espera del primer vaso de vino. Claro que a veces hay excepciones. Por ejemplo, si el lugar está siendo ocupado por Gutiérrez, prefiero evitarlo. Pero esa noche, esa noche de la que le estoy hablando, no había nadie.
El bar, incluso, parecía menos concurrido que nunca. Salvo en la zona de luces bajas, donde en la penumbra se jugaba al truco o al chinchón, en las otras mesas no se veía a nadie. Aproveché la tranquilidad para pedirle al más petiso de los Aguada un platito de maní. No me gusta pedirlo cuando hay más gente, porque no falta el que se acerca y guiñando el ojo te saca dos o tres. Y eso, mi amigo, eso a mí no me gusta. Uno tiene lo que puede, lo que no, que se quede en deseo. Eso lo aprendí de mi viejo, que en paz descanse. Yo tengo lo que tengo y punto. Pero la gente no es así.
Una hora después, apareció el viejo Gutiérrez. Ni él ni nadie de los parroquianos del bar imaginábamos que iba a ser la última vez que lo pisaba. Llegó en bastante mal estado. Y no solo por el alcohol. Se lo veía asustado, con las ropas arrugadas. No obstante, tenía el mismo carácter de mierda que siempre. Apartó una silla del camino de mala gana y se acordó a mi lado. Noté entonces que en el cuello tenía una marca roja, como si algo con filo hubiese estado apoyado ahí mismo pocos minutos antes.
Pidió agriamente una caña y escupió en el suelo. Miré de reojo y observé que había algo de sangre en ese gargajo. Vació el vaso de un solo envión. Yo seguí concentrado en el maní y en mi vaso de vino, sin darle importancia a su presencia. Pero Gutiérrez me codeó y llamó mi atención.
- Casi me matan - largó, resoplando.
Me hice el sorprendido. Esa marca en el cuello no podía significar otra cosa. Al menos era señal de una amenaza. No pronuncié ninguna palabra. Uno sabe cuando se debe abrir la boca y cuando aguardar la continuidad del relato.
Gutiérrez por primera vez me miró a los ojos. Adiviné en los suyos la sentencia de la muerte. Podría haberme confundido y creer que la película de agua que le cubría los ojos era producto de la tristeza, pero no, era simplemente la bronca del que sabe que la suerte está echada.
- La cagué. La cagué.
Apuró un segundo trago, dejó un billete bajo el vaso, me dirigió una última mirada y se marchó.
A pesar que la noche estaba en pañales, esa breve confesión me provocó un escalofrío y ni siquiera pude terminar el vino. Salí detrás de él, sin saber si tenía la intención de hablarle y volver al bar o seguirlo hasta dónde lo llevaran sus pies.
Afuera me sorprendió un fresco repentino. Lo busqué calle arriba y no lo vi. Me giré en redondo y alcancé a ver su figura doblar la esquina. Caminé con prisa hasta tenerlo cerca. Luego, fui cuidando mi andar, cosa de no delatar mi presencia.
Caminaba hacia el oeste. El paisaje me era familiar. Lo hacía cada noche, camino al bar. Lo estaba desandando por lo menos tres o cuatro horas antes de lo habitual. No recordaba la última vez que había dejado el bar tan temprano. Pero algo me decía que tenía que seguirle los pasos al viejo pendenciero.
Llegamos a mi calle y con asombro vi que se detenía delante mi casa. Avanzó por el jardín delantero y de una patada abrió la puerta. Comencé a correr. Llegué a la puerta en el momento que la Estela arrojaba un par de navajazos al aire, delante del rostro de Gutiérrez.
- ¡Esta vez no le erro, viejo de mierda, te dije que basta! - le decía ella, que todavía no me había visto.
Gutiérrez se había desabrochado el cinturón y tenía la bragueta baja.
- Dale Estelita, uno más y se acabó - imploraba el viejo.
Creo que tiré al piso un jarrón que estaba encima de una mesita de madera, no lo recuerdo bien. Pero ellos se sobresaltaron.
- ¿Qué hacés acá? - me recriminó de mala manera mi mujer, como si estar allí fuera lo incorrecto. Reconozco que no era lo habitual, pero era mi casa. Inconscientemente me apuntaba a mí con la navaja. Gutiérrez se apresuró a abrocharse el cinto, pero olvidó la bragueta abierta. Si no fuera por la situación, hubiese sido gracioso.
Estela me arrojó un par de navajazos.
- Volvé al bar, borracho de porquería - me gritó, dando un paso hacia donde estaba.
Un navajazo al aire, otro. Al tercero, le quité la navaja de la mano. Pude haberme defendido, pero solo atiné a empujarla a un lado. Y ni siquiera fue porque pensé en los críos. Me enfoqué en Gutiérrez, el siempre prepotente, ahora hecho un cobarde, de espaldas contra la pared, tratando de ganar la puerta dando pasos cortos. Entonces supe lo que sentí en el bar. Supe que ese escalofrío era una sospecha subyacente, ubicada muy por debajo de las diez a doce copas que me bebía cada noche. Y también, que la sentencia de muerte estaba en mis manos.
Dos pasos largos, tan largos que fueron casi zancadas, y una estocada, una sola. Dejé la navaja en su abdomen hasta que el último estertor resonó cerca de mi oído. Luego, lo dejé caer.
Estela me miraba desde la puerta, con los ojos tan grandes como el agujero que le quedó a Gutiérrez en el cuerpo.
- Escuchame, esta mierda entró a robarte y lo mataste, así de simple. Lo que hayan hecho, me importa mierda. Pensá en los chicos y decile eso a la policía. Me voy al bar. La noche es larga.
Por eso, cuando hoy hablan del viejo Gutiérrez, de lo que pasó en mi casa, hay noches que tengo muchas ganas de confesar que yo estuve ahí, que fue mi diestra la que acabó con su vida... pero no me conviene. Es probable que termine en la cárcel, mi mujer se quede con la casa y los pibes no fueran nunca a visitarme. Así está bien, me alcanza y me sobra. Changas durante el día, unos vinos por las noches. En casa, la Estela cuida de los críos y la mantiene en orden. ¿Qué más se puede pedir en estos tiempos que corren? Bueno, si, que los mierdas como Gutiérrez no quieran cagarnos ni el vicio ni la mujer. Pero se comprende, no se puede todo en la vida. Uno tiene lo que puede.


19 de mayo de 2017

Ocho patas

La casa era nueva, el trabajo era nuevo, la ciudad era nueva. El "gran salto" era nombre elegido por Julián para el paso que habían dado en sus vidas y no solo como matrimonio. Victoria estaba de acuerdo. No solo se habían casado poco tiempo atrás, sino que habían optado por aceptar una propuesta laboral que le habían ofrecido a él y mudarse a más de dos mil kilómetros, lejos de sus familiares, de sus amistades y lugares conocidos. Pero la idea de afrontar el destino juntos, comenzando prácticamente de cero en muchos aspectos, los había convencido.
Extrañaban, claro que si. Aunque la tecnología, una vez que la compañía de internet fuera a conectarle el servicio,  los ayudaría a sentirse más cerca a los afectos. Las redes sociales, los mensajes de textos, convertirían en la experiencia en más llevadera. Julián, en realidad, pasaba muchas de las horas en su nuevo trabajo, en un edificio de cristal de más de treinta pisos. En cambio, Victoria, se ocupaba de la casa en el barrio tranquilo y apartado de la zona céntrica donde habían alquilado. Era también quién recorría la zona, aprendiendo la ubicación de las calles, los comercios cercanos e incluso, el rostro de los vecinos.
Le parecía increíble que a pesar de llevar una semana en la casa, todavía hubiese una decena de cajas sin desembalar. No solo habían mudado todo lo que tenían en el departamento, sino cosas personales que ambos aún guardaban en casas de sus padres. Por ejemplo, los libros de Julián. Nunca había tenido la necesidad de trasladarlos cuando se mudaron al primer departamento, apenas se casaron. Era más sencillo, si quería leer algo en particular, pasar en algún momento por la casa de sus padres y buscarlo. Ahora, en cambio, esa practicidad había quedado anulada.
Las horas en la casa, sola, le provocaban cierta nostalgia. Hasta que no hiciera nuevas amigas, consiguiera un trabajo, y pudiera socializar, no tendría con quién tomar mates, ir a tomar un café o simplemente dialogar en medio de un paseo. Pero lo sabía de antemano y lo que realmente le importaba era poder asentarse, porque todo se iría dando a su tiempo, esa era su filosofía. Conocería gente, haría nuevos amigos, obtendría un trabajo, vendrían los hijos, las salidas familiares, los viajes en vacaciones...
La casa era amplia. Más de lo que habían imaginado. A los casi cien metros cuadrados techados tenían que sumarle el sótano, de diez por veinte, que no le habían informado cuando concretaron el alquiler. Julián se entusiasmó al verlo. No tenía humedad y era por lo tanto el lugar perfecto para un pequeño taller. Allí podría desarmar y arreglar computadoras, un pasatiempo de toda la vida que también podría darle unos ingresos adicionales. A Victoria le hubiese gustado más una sala de juegos, pero su marido tenía razón: para eso debían gastar mucho dinero en ponerlo en óptimas condiciones y mejorar la iluminación, que apenas si contaba con un par de luces colgantes y una luz de led de seguridad al pie de la escalera.
De momento era un espacio amplio, vacío, con esquinas oscuras y donde estaban depositando todo lo que aún no le habían dado ubicación. Entre esas cosas, las cajas sin desembalar.
"Voy a ver que hay en las cajas" le escribió un mensaje de texto a Julián. En una semana había escrito más mensajes con el celular que en toda su vida. Pronto tendría internet y podría enviarle mensajes de voz, videos, fotos, chatear, podría hacer de todo, pero de momento estaba limitada al simple sms. Para no sentirse tan sola, había convertido el ritual de escribirle en un juego y cada cosa que hacía o le llamaba la atención, se lo transmitía. Julián tenía la delicadeza de contestarle cada uno de esos mensajes, aunque más no fuera con un emoticón de sonrisa.
El celular vibró en su mano: "Seguramente ropa tuya" había escrito su esposo. Sonrió, porque era verdad. Vaya sorpresa se había llevado cuando al buscar la ropa en el viejo placard de su habitación en la casa de su madre, se había encontrado con el triple de lo que recordaba poseer.
"Celoso,vos y tus tres calzoncillos" le respondió. Si por él fuera, se vestiría con papel de diario, le había dicho ella una vez. La que se encargaba de obligarlo a salir a comprar ropa era Victoria. Y fue una de las primeras cosas que hicieron ni bien llegaron, para que fuera presentable al nuevo trabajo.
Movió una de las cajas y leyó con la poca luz a su alcance la etiqueta que le había puesto para reconocerla: Ropa de verano. Algunas de las prendas podían servirle, aunque no todas. Si bien el otoño no era frío, tampoco podía esperar que el clima templado permaneciera mucho más. Sintió algo en la pierna, que hizo que desviara la vista hasta su rodilla.
El chillido que pegó resonó con eco dentro del sótano. Instintivamente dio un paso hacia atrás y tropezó con otra de las cajas. Cayó de culo sobre el cemento frío y áspero. Pudo ver alejarse y perderse en la oscuridad al responsable de su caída.
"Amor, hay arañas" escribió. Esperó la respuesta sentada en el suelo, mirando de reojo hacia un lado y otro. Si algo odiaba, eran las arañas.
"No me extraña, apenas si revisamos. Llego y vemos" respondió Julián.
A Victoria no le hacía demasiada gracia tener que esperar que llegara. Si no calculaba mal, no era todavía ni mediodía y su esposo regresaba después de las cinco de la tarde.
"Qué veneno compro?" le preguntó, mientras repasaba mentalmente los negocios del barrio, pensando en cuál de todos podían vender insecticidas.
"Alguno que no sea muy invasivo, esperame y vamos juntos. Quizá no sea necesario matarlas, suelen comerse a los otros bichos".
La alimentación de las arañas no le merecía ninguna consideración. Comieran otros bichos, milanesas, polenta, o lo que fuera, lo único que deseaba era erradicarlas.
Estaba por contestar, cuando un bulto negro pasó veloz por el piso, a un par de metros de dónde estaba. Se puso de pie de un salto. El corazón comenzó a latirle más fuerte.
"Julián, son enormes" le informó, asustada y algo enfadada con ella misma, por el miedo irracional que le tenía desde pequeña a todo lo que tuviera ocho patas.
"Salí del sótano entonces".
Por más que saliera, las arañas seguirían allí y sabiendo eso, no estaría tranquila en ninguna otra parte de la casa. Hizo caso omiso del mensaje y buscó una caja que recordaba haber llevado al sótano que tenía escrito "limpieza". La encontró y revolvió con desenfreno en su interior. Estaba convencida de haber puesto ahí un aerosol mata cucarachas. Luego de buscar un minuto que se le antojó eterno, dio con el envase. Para su alegría la etiqueta decía también "arañas".
El celular volvió a vibrar. No le interesó ver que ponía Julián. Lo único que deseaba era aniquilar a los ocho patas. Si tenía que rociar todo el maldito sótano, lo haría. Por las dudas comprobó que ninguna de las cajas fuera de alimentos o algo que pudiera ser afectado por el veneno. Ninguna lo era. Se dirigió hasta la zona más oscura del sótano, donde la penumbra no permitía el paso de la luz y roció con los ojo cerrados. Si algo temía, era que alguna araña en un rapto de enojo saliera corriendo hacia ella. Si no miraba, no lo sabría.
Retrocedió de un salto, asqueada ante la sola idea de tener arañas cerca de los pies. El celular volvió a vibrar a la distancia. Se encaminó hasta otro rincón. Volvió a proceder de la misma manera. Párpados apretados, gatillo hasta el fondo. Un frío le recorrió el cuerpo. Se estremecía ante la idea de ser vulnerada por alguno de esos arácnidos.
Escuchó pasos a sus espaldas. No pasos de personas, sino diminutos, como si de repente un ejército de duendes hubiese cruzado por detrás de ella. Salvo que sabía que allí no había duendes, sino arañas. No quiso mirar. El teléfono seguía reclamando su atención. Por la forma que lo hacía ahora, ya no eran mensajes, su marido la estaba llamando. Solo vibraba, porque odiaba el sonido que hacían. Julián había tratado de configurarle temas musicales, pero al poco tiempo comenzaba a aborrecerlos. Ella y sus manías, decía su esposo. Ella y sus arañas, debería estar pensando en esos instantes.
Victoria avanzó lateralmente, perpendicular a la pared. Fue rociando todo a su paso. En cualquier momento el aerosol agotaría hasta la última pizca de contenido. Los pasos se agigantaban a sus espaldas. Ahora el miedo la acobardaba. No quería girar la cabeza. Siguió rociando, ya sin importante si había tirado o no en cada lugar. Algo trepó a su pierna. Gritó y pegó un salto. El aerosol cayó de sus manos y el sonido metálico rebotando en el piso le hizo saber que se había alejado al menos unos cinco o seis pasos hacia el sector oscuro.
Se pasó la mano por la pierna, sollozando. Tuvo la impresión de haberse sacado de encima una araña, pero no podía asegurarlo. El terror tenía paralizado sus párpados y no podía abrirlos. Se agachó hasta queda en cuclillas y desde esa posición, a gatas, avanzó hacia donde había escuchado rodar el aerosol. Apoyaba las manos horrorizada, con la fatal certeza de golpear en el próximo movimiento la mano sobre un cuerpo peludo y caliente.
Sentía que la seguían. Que las arañas estaban a centímetros de su cuerpo. El teléfono ya no sonaba. En su mente, Julián seguramente se había enojado porque ella no le contestaba y había desistido. De repente estaba enojada con él. Se aferró a ese sentimiento para arrastrarse con más velocidad por el suelo. Fue entonces que la mano rodeó una figura conocida: el aerosol.
Una triste sonrisa se dibujó en la oscuridad. Con bronca y desesperadamente vació el contenido del envase a su alrededor. Continuó apretando el mecanismo hasta que el dedo comenzó a dolerle. El aire estaba viciado. El olor impregnaba cada centímetro cuadrada del sótano. Estuvo a punto de abrir los ojos, pero el sonido de pequeños pasos en la escalera hicieron que en su lugar soltara un chillido y comenzara a llorar. Se envolvió con sus propios brazos y de a poco se fue dejando caer al suelo. El cemento frío fue un alivio. La sensación de miedo, sin embargo, lejos de remitir, se volvía una pesadilla. el teléfono comenzó a vibrar nuevamente, pero ella dejó de escucharlo.
Julián llegó pocos minutos después. Había intentando comunicarse desde el taxi, pero Victoria seguía sin contestar. Del apuro, había olvidado la llave del auto sobre el escritorio y la única solución fue uno de los coches pintados de negro y amarillo. Cuando entró a la casa, la encontró vacía. Corrió hacia la puerta que llevaba al sótano. La abrió violentamente, gritando el nombre de su mujer. El olor a insecticida lo golpeó con intensidad. Tuvo que retroceder y sacar un pañuelo del bolsillo. Uno blanco que Victoria siempre planchaba para que llevara consigo.
Tosiendo y con dificultades para respirar, bajó las escaleras. La tenue luz le devolvió un escenario espantoso. Sobre el suelo, desplomada, yacía su esposa. No necesitó acercarse para comprobar que no respiraba. En su mano sostenía un envase de mata cucarachas y arañas en aerosol. Lo habían comprado antes de la mudanza. Julián se arrodilló a su lado. Las lágrimas caían de sus ojos y se enterraban en el pañuelo que aún apretaba contra su boca. Debajo de la tela, sus dientes mordían hasta hacer sangrar los labios.
Una araña, muy pequeña, los observaba desde lo alto, sostenida por un hilo tan delgado como resistente. Antes que Julián saliera del sótano cargando a Victoria en sus brazos, la araña se había escondido en alguno de los oscuros rincones de aquel lugar.

12 de mayo de 2017

El seleccionado de mi biblioteca

Si Sampaoli tuviera a estos jugadores de cara a lo que resta de eliminatorias, otra sería la novela.
Mirando mi biblioteca, armé este Seleccionado de Escritores. En el camino quedaron varios convocados. Dieciséis es un número caprichoso pero es el dilema de todo técnico cada fin de semana. Más cuando el plantel de mi biblioteca es tan rico.
Faltan muchas incorporaciones, pero hay que cuidar las arcas del hogar, más con la economía que nos rodea. Porque la idea es que estos jugadores formen parte de la biblioteca, no que hayan llegado en calidad de préstamo, condición por la que grandes escritores ni siquiera han estado en la pre selección.

El orden numérico no supone una preferencia. Es más bien un esquema para salir a la cancha.

En el arco, Osvaldo Soriano. Si bien, quien fuera conocido hincha de San Lorenzo, soñó con ser delantero, el puesto se lo ganó en homenaje al arquero del Notts que describiera en "Últimos días del arquero feliz" donde narra el nacimiento del tiro penal y por su admiración del libro  La angustia del arquero frente al tiro penal, del austriaco Peter Handke. Soriano no solo me deslumbra con sus cuentos, sino que cada vez que me embarco en una de sus novelas me transporta casi a su lado, como un observador más de los hechos.
Abajo, línea de cuatro.
Marcando el lateral derecho, Julio Cortázar. En 1983 dijo en una entrevista "Detesto el fútbol así como me gusta el boxeo. Bueno, no es que deteste el fútbol, pero me es totalmente indiferente. Ocurre que esta afirmación, en boca de un argentino, es algo grave…". En algún momento se declaró hincha de Banfield, barrio en el que creció. Un escritor como pocos, leerlo es un placer, es divertirse con su modo de jugar con las palabras. El cuento que más me gusta, de todos los escritores del mundo, es suyo: "Silvia", perteneciente a "Último round".
De dos, férreo en la marca, Roberto Arlt. Nos dejó muy joven, pero con un legado literario inapelable. Sus aguafuertes, sus novelas y sus obras de teatro son un reflejo de una época y al mismo tiempo, una crónica de hechos que superar cualquier límite temporal, que se repiten una y otra vez. Una de sus aguafuertes, publicada en 1929 se tituló "Ayer vi ganar a los argentinos" y fue una crónica del primer partido que vio, un cotejo del seleccionado argentino contra el uruguayo: "Ni un equipo de ametralladoras puede hacer más ruido que esas ochenta mil manos que aplaudían el éxito argentino. Tanta gente aplaudía tras mis orejas, que el viento desalojado por las manos zumbaba en mis mejillas".
El otro central, un pilar de la literatura y el estudio literario, el cordobés Enrique Anderson Imbert, uno de mis preferidos. Más allá de todo lo relacionado a investigación literaria, cátedras en famosas universidades, fue un narrador excepcional, de esos que no ponen una palabra de más ni una de menos. Sus sorprendentes cuentos me fascinan y cada tanto vuelvo a "Fuga", esa novela corta tan increíble como hipnótica.
En el otro lateral, ubico a Rodolfo Walsh, periodista y escritor comprometido si los hubo. Publicar en la época que lo hizo, con los temas que abarcó, habla de su figura. Se lo llevaron para que su voz deje de oírse, pero ignoraban que el escritor es eterno. Algo anecdótico, muy reciente: El martes 1° de marzo de 2016, en un bar de la localidad de Boulogne, el presidente de Ballester y algunos jugadores narraron un fragmento del libro "Operación Masacre". La referencia a Rodolfo Walsh fue la excusa para presentar la nueva camiseta del equipo, que en el pecho tiene un dibujo alegórico a una famosa pintura del español Francisco de Goya, que ilustra los fusilamientos de las tropas francesas de Napoleón a los españoles sublevados por la ocupación de 1808. La pintura que fue utilizada como tapa de Operación Masacre, editado en 1957, después de que se publicara en relatos por entregas en el diario Mayoría. Paradójicamente, al club le dicen el "Canalla".
Nos metemos en la mitad de la cancha. Eje del juego, el equilibrio entre defender y atacar. Y de cinco, pongo a un pulpo, al único escritor extranjero entre los titulares: Stephen King. Me rindo ante el nacido en Maine. Escribe más rápido de lo que leo. Cuando creo que ya me puse al día, aparecen dos libros más. Dueño de un universo que cada lector constante agradece cada vez que agarra un libro de su autoría. Versátil, más allá que algunos lo encasillen en autor de terror. Es el mediocampista perfecto, si bien lo suyo es el béisbol, del que incluso ha escrito un libro. Pero cómo supo hacer girar sus libros en torno a La Torre Oscura, seguramente sabrá maniobrar los hilos del haz que cruzan el campo de juego.
De ocho, el Negro. Roberto Fontanarrosa es fútbol por dónde se lo mire y lea. Dibujante, historietista integral, cuentista, novelista... y todo lo que ha hecho es maravilloso. Tengo todos sus libros. Con las historietas lloro de la risa, con sus narraciones también. Un grande con todas las letras. El rosarino, fanático de Central, autor del "El Hincha", ese símbolo canalla que dejó al club como legado poco antes de su muerte. Si hay fútbol, el Negro no puede faltar.
En la otra banda, parado como un diez de los de antes, un escritor que a base de enigmas, ingenio, imaginación, y una escritura que me deleita, se ha convertido en uno de mis favoritos: Pablo De Santis. Desde sus primeros guiones en la Fierro (ilustrados por Max Cachimba) a sus cuentos y novelas. De los pocos escritores que hacen del lenguaje, un protagonista más en sus argumentos. Está ahí para inventar el juego, y de eso, sabe una bocha.
Arriba, delantera con dos extremos y un nueve.
Por la banda derecha, otro experto en la materia. Eduardo Sacheri. El profesor de historia cuyos cuentos empezaron a hacerse objeto de culto a través de la voz de Alejandro Apo. Si Fontanarrosa te hace reír, Sacheri te extruja los sentimientos hasta hacerte lagrimear, porque explora en lo más profundo del alma y la pasión. El fútbol es su excusa principal para tal fin, escenario en muchos de sus cuentos y también novelas. "Me van a tener que disculpar" es un monumento al Diego, relato al que adhiero palabra por palabras. El hincha de Independiente se ha ganado su lugar, porque escribe y transmite sentimientos como pocos.
En la izquierda, aparece Samanta Schweblin, la gran apuesta del equipo, una de las más recientes apariciones en la literatura argentina. Es una escritora que lejos de caer en los lugares comunes, se aleja totalmente de los mismos, metiéndose en terrenos escabrosos, hurgando en la miseria humana, dejando al descubierto las telarañas de los rincones. Sus libros de cuentos y su hasta ahora única novela, "Distancia de rescate", la ubicaron en el once titular. Así de avasallante.
Y de nueve y capitán del equipo, con olfato goleador, otro Negro. Alejandro Dolina. Otro polifacético en el equipo, que como escritor ha construido las gemas "El angel gris" y "Cartas marcadas", entre otros libros, donde el barrio, lo imposible y lo poético no solo conviven, sino que se conjugan para envolvernos en su magia y obligarnos a retornar una y otra vez. Además, el hincha de Boca, es dueño de una de las frases más bonitas jamás escritas sobre el fútbol: "Uno juega mejor con sus amigos. Ellos serán generosos, lo ayudarán, lo comprenderán, lo alentarán y lo perdonarán. Un equipo de hombres que se respetan y se quieren es invencible. Y si no lo es, más vale compartir la derrota con los amigos, que la victoria con los extraños o los indeseables". Todavía recuerdo, cuando de pibe, lo veía en la tele armando picaditos en el estudio con los invitados. Otro que lleva el fútbol en las venas.

Ojo, que el banco es de lujo.
Arquero suplente, James Ellroy. El californiano sale con los puños a todos los centros y no se achica en ninguna. Crudo, directo, malhablado. Sus libros escupen furia y realidad. Infaltable.
Esperando su turno, otro nacido en el país del norte, un escritor y visionario de lo fantástico y la ciencia ficción: Ray Bradbury. Alguien que consideró a la biblioteca como la verdadera escuela. El conocimiento, la magia, en los libros. ¿Con esa idea, cómo no estar en la selección?
Otra apuesta, aguardando su momento de salir a jugar. Federico Axat, un joven escritor argentino, otro fanático de King, pero que se ha hecho un nombre propio. ¿Todavía no leyeron "Benjamín", "El pantano de las mariposas" o "La última salida? ¡Vamos, qué esperan!
Reforzando el mediocampo, un ruso. Isaac Asimov. Porque el fútbol también es una ciencia y no solo de ficción. De mis favoritos, acompañándome en la infancia con sus relatos futurísticos. El también profesor de bioquímica, siempre preparado para la acción.
Y como delantero de reserva, un aventurero: el paraguayo Robin Wood. Un guionista de historietas excepcional, creador de decenas de personajes, entre ellos Nippur que este año cumple cincuenta años de existencia. Dueño de una vida tan asombrosa como sus historietas, le ganó la pulseada a otros guionistas de mi biblioteca y obtuvo su lugar.

No ha sido fácil, más con una biblioteca tan amplia. En el camino quedaron Kafka, Rice, Oesterheld, Dick, Trillo, Verne, Baert, Gorostiza, todos autores que me fascinan. Pero de algunos tengo pocos libros y otros he tenido que relegar con dolor. Cómo decía antes, hay autores que también me gustan, pero he tenido la oportunidad de leerlos de "prestado" y no cuentan para este seleccionado. Porque esta selección es local, en base a mis libros.
Seguramente algunos discreparán de algunos autores, pedirán la inclusión de otros, que salga un titular y entre un suplente... pero el fútbol es así, nunca estamos conformes, es como la vida misma. En cambio, los libros nos llenan. Nos enriquecen. Cada uno siempre tendrá su lugar en nuestro corazón. No cambiaríamos a ninguno por nada del mundo. No al menos a los libros que amamos, a los autores que tanto nos dieron y nos dan. Porque, estén o no físicamente en este mundo, nos legan su obra, nos brindan lo más hermoso de todo, las letras, la imaginación, la realidad transformada en literatura.

Debería definir el escudo, la camiseta, la bandera de la selección. Imagino páginas escritas, tapas de libros, tinta, viejas máquinas de escribir, teclados de computadoras.
Entre las certezas, se que con esta selección, levanto la Copa del Mundo, como lo hizo Diego en el '86. Aunque Maradona escribió con las piernas y ese mérito, me van a disculpar (escribiría Sacheri), no se lo quita nadie.

¿Y vos... ya tenés en mente la selección de tu biblioteca?


30 de abril de 2017

Corre alto

Tenía diez años cuando vi por última vez al abuelo. De todos mis hermanos, solo pidió por mí. Los demás quedaron en aquel pasillo con olor a desinfectante. Incluso hizo salir de la habitación a mis padres. Al entrar lo vi con la mirada perdida en el techo y el cuerpo vencido por la enfermedad y el tiempo. Lo cubría apenas una sábana, que le dejaba ver una pierna con la piel enrojecida y arrugada. Cuando a mis espaldas mi mamá cerró la puerta, el abuelo desvió su vista hacia mí. Sus ojos recuperaron un brillo de cordura y sus labios me llamaron para que me aproximara sin miedo.
Podía ver en su rostro que ya era su hora, que para ese hombre no había esperanza. Los rezos de mis hermanos, de mis padres y parientes, de poco servirían. El abuelo agonizaba. Me sorprendió cuando su brazo se separó de la cama y como una serpiente atenazó el mío, acercándome aún más. Cualquiera hubiese dicho, de haberlo visto, que era el rostro de un demente. Jamás lo creía así. El horror que sentía podía respirarse.
Su voz, cascada por el cigarrillo y débil por la presencia de la muerte en la misma habitación, me quedó grabada con cincel en mi mente con sus últimas palabras.
- Cuando veas el fuego, escóndete. Cuando veas el agua, corre alto.
Me volvió a mirar con firmeza, buscando algún signo en mí que delatara mi comprensión hacia sus palabras. Pero creo que lo que se llevó al más allá, fue mi rostro asustado, al borde del llanto. Por supuesto, no comprendí lo que dijo. Pero jamás lo compartí con nadie. Ni siquiera con mi mujer y mis hijos. Creí que era el desvarío de un viejo perdido en sus últimas ensoñaciones en vida, que la sola mención a esa imagen tiraría por borda los muchos recuerdos hermosos que todos guardábamos de él. El abuelo, ese viejo lindo de graciosa sonrisa y espíritu aventurero, al que a veces veíamos partir y no volver por meses, y luego, un día, cruzaba nuestro patio delantero con un sinfín de regalos para cada uno de nosotros. No, no podía ensuciar esa imagen. El abuelo se había ido diciéndome tan solo "crece y sé una buena persona", porque esas son las palabras que un moribundo debe decir, la que todo sobreviviente desea escuchar. Esas y ninguna otra,
Cuarenta años más tarde, aquellas palabras cobraron otro significado. Pero antes es importante saber que ya adulto, casado y con - por entonces - un hijo, me moví con la familia a la patagonia. Lejos del infierno de la ciudad, de la falta de trabajo, de la escasez de oportunidades. A ciegas, acepté un trabajo en un pueblo afincado en el sur, a medio camino de la cordillera y a la misma distancia del mar argentino. Un lugar sin lujos, pero dónde no nos faltaba nada para crecer y ser buenas personas.
Y allí nacieron mis otros dos hijos, allí trabajamos todos. También allí enterré a mi esposa.  Y vi partir con el tiempo a mis hijos, ante mi enojo e impotencia, porque querían retornar de dónde yo había escapado. Los dejé ir, porque cada uno es dueño de su destino, nadie puede saber que le depara. O al menos, eso creía en esos tiempos.
Hoy ya no lo creo. Porque mi abuelo tenía razón y sabía muy bien lo que se avecinaba. Por eso me eligió entre todos mis hermanos. Porque sabía dónde me iba a llevar la vida. Aunque por entonces me sentía solo y aturdido, de largas noches en el único bar del pueblo, sentado esperando quizá a la muerte, supe distinguir la llegada del fuego.
En la patagonia cruda, en esos parajes a la buena de Dios, las noticias llegan pero nadie les da importancia. Las noticias no traen soluciones a los confines del mundo. Hablan de personas y situaciones tan ajenas como los recursos naturales que se llevan con el trabajo de los trabajadores locales.
Mientras me acodaba noche a noche en la barra del bar, el mundo ardía en llamas, literalmente. Las naciones se habían levantado en armas entre sí. No peleaban por el petróleo, ni por dólares, euros o todo el puto oro del planeta. Ni siquiera por el recurso del agua dulce. Luchaban por sobrevivir, por ganar las tierras que no serían arrasadas por la subida del nivel del mar.
Fue una noticia en la radio, sobre el desembarco de tropas chinas en las costas patagónicas lo que me movilizó. Tuve que ponerme cerca de la radio para esperar que repitieran la noticia, para poder creer lo que estaba escuchando. No tardaron en hacerlo. Hablaron toda la noche del tema. En el bar la mayoría se había ido. Quedábamos Gavilán, el dueño, y yo. Me apuraba para que me fuera y le dije - porque en casa no tenía radio - que me siguiera sirviendo, que mi dinero valía.
Me fui antes del amanecer, un poco a los tumbos, por tanto vino en el cuerpo, pero totalmente despierto y alerta,  En casa preparé un bolso ligero, provisiones y seguí el consejo formulado por un moribundo cuarenta años antes. Huí hasta los bosques, donde conocía cuevas y refugios. Llevaba cuchillos para cazar. No sabía el tiempo que demoraría el fuego en llegar y propagarse.
La noche siguiente escuché las primeras explosiones y el cielo nocturno se convirtió en un paisaje extraño, de luces en forma de ráfagas que iban y venían. Me oculté durante días que se convirtieron en semanas y meses. Fui cambiando de escondite en la medida que veía soldados chinos ganar terreno y extender las bases.
Había visto el fuego. Solo faltaba el agua. Esperé una lluvia copiosa e interminable. Esperé una tormenta como ninguna otra. Pero jamás esperé lo que finalmente ocurrió, lo que mi abuelo sabía, era mi destino.
Fue un amanecer. Mi escondite en ese momento era sobre una ladera, en una cueva natural, de apenas cuatro metros de profundidad. Escuché a la tierra moverse, como si una gran fuerza se arrastrara con ella. Instintivamente tomé el bolso, las provisiones que siempre tenía preparadas ante la posibilidad de huir de repente y comencé a subir la montaña. En la medida que lo hacía, atiné a mirar hacia el este. Mis ojos no dieron crédito a lo que veían. El árido paisaje, solitario, desesperante, de la patagonia, había desaparecido bajo un manto de agua embravecida que avanzaba arrastrando consigo todo lo que hombre y la naturaleza habían concebido durante siglos.
Recordé las últimas palabras de mi abuelo, en aquel lecho de muerte, cuarenta años atrás. Corre alto, había dicho. Y supe, solo entonces, que él me había visto en esa situación, de alguna manera, esos ojos extraviados oteando el techo de aquel hospital, no hacían otra cosa que suplicar a un Dios eterno que protegiera a ese hombre en el que había reconocido a su nieto, en un tiempo y lugar que le eran desconocidos. Corre alto había dicho y yo, como nunca, corrí.
Escalé la montaña, tropezando, cayendo, lastimándome, pero siempre poniéndome de pie para dar el siguiente paso, sin mirar atrás. Solo cuando me supe seguro, a una altura considerable, donde el frío hacía mella en el cuerpo, me abracé a la esperanza de vivir.
Solitario en la montaña, miro cada día hacia abajo y solo observo un extenso mar que todo lo abarca. El mundo se ha movido, de una manera impensada. A veces pienso en mis hijos, en sus destinos, pero a diferencia de mi abuelo, no veo nada. También pienso en la tumba de mi mujer, ahora en el fondo de un mar nuevo e inesperado.
Cada tanto surcan el cielo veloces aviones, pero evito ser visto. He acogido a la montaña como mi tierra, mi nuevo pago. Y aquí viviré el resto de mis días. Tan ajeno al mundo, como el mundo lo está de mí. A veces triste, otras resignado, solo recuerdo del hombre a medida que pasa el tiempo, las palabras de mi abuelo, esas que me prevenían del fuego y del agua.
La muerte llegará en algún momento y lamento, si he de tener una revelación, no poder compartirla con nadie. Aunque prefiero la soledad, que la compañía incierta de quiénes aún sobrevivan en este planeta a la defensiva, que tan solo pretende recuperar lo que ha perdido en manos de sus temporales ocupantes.
Solo habrá un ganador.
Solo es cuestión de tiempo.

26 de abril de 2017

Estela

Ella lo dijo clarito: "Son estupideces Rubén". Y se marchó, no sin antes arrebatar la puerta contra el marco, haciendo temblar las porcelanas que adornaban el viejo aparador.
Rubén quedó de pie en la sala, observando el espacio ahora vacío, donde antes había estado parada ella. ¿Pero cuando se había ido Estela? ¿Hacía unos segundos o varios años atrás?
Porque Estela llevaba varios otoños muerta. Sin embargo, parado en aquel lugar, Estela parecía marcharse a cada instante.
Cuando la veía, estaba como entonces, con su melena abundante, las manos arregladas y el cuerpo exultante. Él, en cambio, no tenía necesidad de mirarse al espejo para saber cuánto había cambiado. Las arrugas, los anteojos, el cabello gris. Probablemente Estela no lo reconociera de verlo. O si, porque vería el mismo semblante débil, dubitativo, de persona sin carácter, de esos tipos que van por la pida mordiéndose la lengua y asintiendo con la cabeza gacha, Porque así era él, y ni siquiera Estela, huracán en movimiento, había podido cambiarlo.
Y si alguien debía quedarse callado, de todas las personas del mundo, era él. Pero no, él que a todos le callaba la verdad, a ella tuvo que decírselo. Son estupideces Rubén, le había dicho, para luego irse y ya nunca volver.
Verlo a Rubén detrás del mostrador era certificar que el mundo seguía girando. En silencio, pulcramente vestido, recibía las boletas de los impuestos, las escaneaba con el lector de códigos de barra, sumaba el total, lo anunciaba y recibía el dinero. Lo contaba, buscaba el vuelto y lo daba, junto a la boleta con el ticket de pago. Cada día desde temprano, allí estaba. Y sin embargo, era solo un rostro conocido. Nadie lo llamaba por el nombre, ni siquiera sus compañeros de trabajo. 
Al mediodía volvía a su casa a pie, pasaba por el supermercado, compraba algún producto congelado que luego, tras pasarlo por el microondas, comía lentamente en la mesa de la cocina, sentado en la única silla que tenía. A veces encendía el televisor, a veces no. Cuando lo hacía, no tenía idea de lo que miraba. Dormía una siesta y se levantaba a tiempo para volver al trabajo, al turno de la tarde. 
Las noches, desde que tenía memoria, eran un canto a la melancolía. Sentado en el sillón, con una taza de té en la mano, contemplaba la oscuridad y las pocas estrellas que desde allí podía ver. La mayoría de las veces, no tocaba el té. Y cuando lo hacía, ya estaba frío.
Extrañaba a Estela. Vaya que lo hacía. Al menos con ella, la vida tenía otro color. Era todo lo que él no era. Todo lo opuesto. Pero ella se había ido, había muerto aquel otoño. Se había marchado con el mismo ímpetu que había llegado una noche de verano. Vaya verano... si hasta podía sentir el calor que empapaba su cuerpo, las ganas desenfrenadas de huir a un lugar fresco, lejos de todo. Pero entonces, llegó Estela y cambió todo.
De la nada, golpeó esa misma puerta que tiempo después lanzaría contra el marco en el último adiós. Entró sin pedir permiso, como si conociera a Rubén de toda la vida. Y quizá, así era. Pero Rubén no lo sabía o si lo sabía, lo mantenía a raya en alguna parte de su mente. Llegó con una valija repleta de ropa y cosméticos. Arrojó todo sobre la cama de Rubén. Buscó un conjunto rojo y se cambió ahí mismo. Se arregló el cabello, se maquilló, se miró al espejo y salió a la noche, sin necesidad de invitación.
Así era Estela. Cuando él estaba en el trabajo, extrañaba su presencia. Anhelaba el olor de su piel, el perfume que llevaba encima, las ondulaciones de su cabello. Aguardaba con ansiedad la hora de salida. Prácticamente trotaba en el camino de regreso. Ni se preocupaba por detenerse en el supermercado, lo único que quería era volver a su casa y a Estela. Y entonces, allí, la contemplaba. Deslumbrante, maravillosa, la miraba delante de un espejo. Su cuerpo irradiaba pasión, fuerza, desenfreno. Demasiada mujer para alguien como él. Pero ahí estaba ella. Preparada para salir y divertirse. 
Durante muchos años, Estela fue su norte. Su motivo de respirar, de existir, de levantarse a diario y salir al trabajo. Volver y encontrarse con ella. Hasta que comenzaron las habladurías. Hasta que la gente comenzó a irse de lengua. Para él fue muy doloroso, Tuvo que confrontarla. Sucedió aquella noche de otoño. Le dijo lo que hablaban a espaldas de ambos. Y ella fue tajante: "Son estupideces Rubén". Y se fue. No tuvo el coraje de ir tras de ella. Ni esa noche ni nunca más. La valija quedó en la habitación, debajo de la cama. Y ahí permanece. Por más que a veces tiene el impulso de correr a buscar la maleta, se detiene a tiempo y recuerda que Estela está muerta.
Con el tiempo, la gente dejó de hablar. Los años pasaron y Rubén se transformó en el hombre silencioso de siempre. En su casa, en la soledad de cada día, la llora. Y al pensar en ella, sabe que su vida ha dejado hace tiempo de tener sentido. Porque él la mató al dejarla ir, él la mató al confrontarla Y Estela ya no volverá, más allá de cuánto la necesita. Porque solo cuando Rubén era Estela, su vida tenía algo de sentido. Sin ella, es solo un autómata moderno, extinguiéndose de a poco en la línea de tiempo de la existencia. 
A veces la valija lo llama. Pero él hace oídos sordos. Estela es solo un recuerdo y no volverá jamás. La personalidad que sobrevivió es el verdadero fantasma.
 

22 de abril de 2017

Lo simple de la felicidad

Alina vivía en una ciudad muy grande, que tenía cientos de edificios tan altos que parecían tocar el cielo y calles ruidosas repletas de autos que tocaban bocina y andaban muy rápido y colectivos cargados de personas que viajaban apretadas como sardinas en una lata.
Cada vez que salía, escuchaba de su madre:
- ¡Alina, ojo el auto!
- ¡Alina, el colectivo!
- ¡Alina, la moto!
En el pequeño departamento en el que vivía, su única compañía era un viejo reloj cucú que marcaba las horas con un pajarito que aparecía por una puertita, decía "cu cú" y volvía a esconderse. Siempre estaba aburrida.
Por eso, cuando su abuela Carlota la llamó por teléfono y le dijo de pasar las vacaciones de invierno con ella, en un pueblito cerca del campo, Alina gritó de felicidad.
Su madre la mandó en taxi, sola. El taxista se ocupó de bajarle las valijas delante de la casa de la abuela y tocó bocina al irse. Alina subió a los saltos unas escaleras de madera y dio tres golpecitos a la puerta. Dentro el interior le respondió un canario, con un canto muy bello. Y de inmediato, la abuela abrió la puerta, dijo ¡Alina, qué grande que estás! y le dio un gran abrazo.
Le preparó una rica merienda y le presentó a sus tres gatos:
- Mono, Tito y Flor
Y a sus tres perros:
- Rambo, Rumba y Bambú
Entre ladridos y maullidos, Alina salió a jugar al patio. Era enorme y lleno de verde. Pero además del césped, que en la ciudad solo podía ver en las plazas, había mucho color: árboles, frutales, flores y mucho sol. En las ramas trinaban los pájaros y entre las plantas, saltaban los grillos.
Un silbato la sobresaltó a sus espaldas. Un niño de su misma edad reía con ganas.
- Vaya, te asusté - le dijo, mostrando en sus manos un silbato de fútbol - Soy Marcos y vivo acá al lado.
Alina y Marcos no tardaron en hacerse amigos. Lo bueno de Marcos, era que sabía jugar a todo y tocaba el acordeón. Su padre tenía un campo y cada mañana visitaban a las vacas.
- ¿Y eso? - preguntó asombrada Alina.
- Un cuí - dijo Marcos y trató de atraparlo para ella.
Se acercó tanto al pastizal que no vio una víbora arrastrándose hacia él. ¡Pero Alina sí!
- ¡Ahhhhhhhhhh! - chilló de miedo y Marcos, al darse cuenta, salió corriendo.
Por las dudas, no persiguieron más cuises.
Cuando no estaba con él, se divertía con su abuela, que mientras tejía, tarareaba viejas canciones que ella no conocía. Lo único que le molestaba, eran los mosquitos. Trataba de aplastarlos, pero solo parecía que estaba aplaudiendo.
El día que su madre envió el taxi a buscarla, escuchar el sonido de la bocina al llegar fue una mala noticia. No quería llorar delante de Marcos y su abuela, pero un par de lágrimas se le escaparon.
- ¿Vas a volver en verano? - preguntó el niño.
Su abuela contestó por ella.
- ¡Claro que va a volver!
Esa certeza fue suficiente para que viajara feliz.
Alina está otra vez en la ciudad repleta de ruidos y peligros, pero ya no se aburre ni se siente sola. Recuerda todo lo lindo que hizo en la casa de su abuela con ella y su nuevo amigo y espera contenta que las próximas vacaciones lleguen pronto. En la triste ciudad, una niña atesora el secreto de la felicidad.

18 de abril de 2017

Amapola gris

Arquímedes VI se acercó al dispenser de información situado cerca de los contenedores virtuales de divisas y apoyó la palma de su mano sobre la superficie transparente. Unos haces de luz azul recorrieron el contorno de la mano y finalmente validaron a la persona, iluminando la pantalla de color verde.
Necesitaba los registros de los últimos dos meses sobre publicaciones digitales que hicieran mención de la amapola gris, la nueva droga sintética que se distribuía en los barrios suspendidos sobre el océano Atlántico. Emitió mentalmente la orden y la secuencia de comandos se transmitió hacia el dispenser, que medio segundo después respondió descargando lo solicitado sobre la palma.
Arquímedes cerró los ojos y procesó rápidamente la información. Consideró suficiente lo que tenía. Retiró la mano y mientras lo hacía, revisó su cuenta. Esta vez no había gastado demasiado, sin dudas porque había acotado la búsqueda. La vez anterior, olvidó definir un parámetro de tiempo y el costo de la operatoria significó casi una jornada de trabajo.
Casi por costumbre miró antes de lanzarse a la senda de marcha. Había muy pocas personas transitando y salvo algunos roboides, tampoco demasiadas máquinas. La tragedia aún podía respirarse en el aire. No hacía setenta horas de la explosión en el escudo solar norte y el miedo por otro atentado mantenía a todos dentro de sus hogares. En las sendas aéreas se veían voladores de gran porte, muchos de empresas de mudanza: la gente se estaba reubicando, tratando de escapar del terrorismo.
Mientras caminaba, analizó la información. Se detuvo solo un momento para comprar una barra de chocolate a un puesto ambulante. Con bronca comprobó que el envoltorio no era de papel de degradado inmediato. No podía concebir que todavía estuvieran en el mercado productos sin ese sistema. Comió igual el chocolate, dado que no había ingerido nada en las últimas veinte horas. Retomó el ritmo para llegar a su oficina antes del apagón. Recordó que debía llamar a Rusa y activó sensorialmente el contacto. La voz de Rusa le hizo cosquillas en la cabeza. Sonrió. Siempre estaba de buen humor y eso lo contagiaba. Conversaron todo el trayecto. Le gustaba ese diálogo silencioso que tenía solo lugar en la mente, dejando la boca cerrada para cosas más importantes o simplemente, quieta, en su lugar.
Ya estaba dentro de su oficina cuando el apagón inundó la ciudad. Esa noche sería de ocho horas. Se necesitaba de toda la energía externa posible para poder reparar el daño ocasionado por los terroristas. El reflejo de los reparantes que despegaban se colaba por las ventanas. Los enormes colosos de cristal y aluminio eran impulsados hasta el escudo solar, situado a diez mil metros de altura. Nadie los tripulaba, eran dirigidos desde una central, ubicada dentro del palacio de gobierno. Arquímedes podría haber estado allí, pero no era de su agrado socializar. Si lo necesitaban para algo, le harían una sensollamada. Si no, lo dejarían en paz. Y a esto último apostaba.
 La oficina era espaciosa. Ningún mueble obstaculizaba el paso. Prefería que estuvieran bajo la superficie y activarlos si eran necesarios. Para ese momento, quería un diván, Cerró los ojos, graficó el diván y el mecanismo del falso piso de cerámico se deslizó hacia un lado, permitiendo la elevación de su hermoso diván de cuero original. Todo un lujo, el único que se permitía.
Se dejó caer y con placer sintió su cuerpo chocar contra el cuero. Necesitaba descansar. Desde la explosión que apenas si había dormitado de forma salteada, preocupado por la posible propagación de la amapola gris aprovechando que las fuerzas de seguridad se volcaban a la investigación masivo de los actos terroristas. Pero si no desactivaba el dispositivo de control central, no iba a tener suerte.
Buscó con la mano derecha en su muñeca izquierda y presionó con suavidad justo debajo del comienzo de la mano. Percibió cada una de las teclas incrustadas debajo de la piel y digitó el código de desarmado. Una especie de electricidad recorrió su cuerpo. Ahora sí, podría dormir. Era uno más, un simple viviente. Si quería hablar, debía abrir la boca. Si quería llamar a alguien, debía usar el teleauricular. Si necesitaba adquirir información, debía leer o escuchar. Pero nada de eso lo molestaba. Su único terror era dormir y ser presa fácil de un sueño. Porque en ellos, nada le era verosímil ni seguro.
En un sueño nada de lo que sabía tenía utilidad. Si caía, no podía vencer a la gravedad, si enfermaba, no podía tomar un remedio. Si alguien quería matarlo, no era posible evitarlo. Si, era verdad, luego despertaba. Agitado y confundido, pero despertaba. Pero en tanto, durante el sueño, eso malo que sucedía, nada podía impedirlo. ¿Y si no podía despertar? ¿Si quedaba atrapado en ese mundo sin reglas ni lógicas? Solo pensarlo le daba escalofríos. No tener el control de la realidad le resultaba desesperante. Al menos, de la suya.
Estaba prácticamente dormido cuando la explosión tornó todo de rojo. Más que rojo, un carmesí tan sofocante como estremecedor. El temblor bajo sus pies, única parte de su cuerpo que tocaba el suelo, hizo que le vibrara hasta el cabello. Abrió los ojos y observó el color por la ventana. Caían fragmentos de objetos, todos con un destello de fuego como cola. Parecían caer en cámara lenta, como si el tiempo estuviera deteniéndose segundo a segundo. Instintivamente llevó su mano derecha a la muñeca del brazo izquierdo. Debía activar el control central. Palpó con cuidado y a pesar de no estar nervioso, solo apurado, no encontró el teclado subcutáneo.
Volvió a buscarlo, ahora detenidamente y su preocupación se acrecentó. No estaba. Ahora los fragmentos caían a mayor velocidad y número superior. Se acercó a la ventana y miró hacia las alturas. El firmamento parecía estar desmoronándose. ¿Otro ataque terrorista? El suelo que pisaba se movió. Primero una sacudida, luego otra. El cerámico bajo sus pies comenzó a resquebrajarse. Arquímedes trató en vano de accionar el control central. Corrió hacia la puerta. Si el edificio se estaba desmoronando, debía bajar. Estiró la mano hacia el picaporte y el suelo desapareció. Comenzó a caer y alrededor suyo caía la puerta, los cerámicos del piso, fragmentos de vidrio, incluso el diván, unos metros más allá, entre restos de mampostería y aluminio. Se dio cuenta que estaba gritando porque la garganta le latía de dolor. Pensó que unos segundos más y se estrellaría contra el montículo de escombros que se estaría acumulando más abajo. Pero seguía cayendo. Giró la cabeza y vio que ahora lo envolvían fragmentos del color que antes había divisado por la ventana. Todo era rojo. Ya no veía el diván, la puerta, los vidrios. Caía mirando hacia el cielo, que se alejaba más y más. Y el cielo estaba rojo. Al voltear la mirada hacia dónde caía, solo encontró una oscuridad de ese mismo color. Infinita y profunda oscuridad del color de la sangre.
Gritó.
Tan fuerte que su madre corrió a su lado y estaba allí cuando él despertó, transpirado en su totalidad. Ella sostenía su mano y le acariciaba la frente. La luz estaba encendida y aún así significaba un gran esfuerzo comprender que el blanco que lo rodeaba, era el color de las paredes de su habitación. Le palpitaba la muñeca del brazo izquierdo. Estaba arañada, como si se hubiese rascado con rabia, y sangraba profusamente.
- ¿Otra vez la pesadilla esa en la que viajás al futuro? - preguntó su madre, luego que él recuperó un ritmo normal en la respiración y se hubiera bebido un vaso de agua.
El joven asintió con la cabeza.
- Dijo el doctor que anotaras todo lo que pudieras, antes que te olvidara - le recordó.
No era necesario anotar nada en ese momento. Podía recordar cada detalle de ese sueño. Aunque de todos modos, debería hacerlo más adelante. Era la única manera que tenía de transmitirle a su doctor lo que había soñado.
Su madre lo miró a los ojos.
- Voy hasta el baño a buscar vendas para tu muñeca. Haz sonar el pulsador si me necesitas.    
Arquímedes movió la cabeza afirmativamente en respuesta a lo que los labios de su madre le habían dicho. Sordo y mudo, esos labios lo eran todo.
Cerró los ojos y evocó las imágenes de su sueño, que siempre se tornaba pesadilla. Un mundo tan fantástico, que se desmoronaba de una manera tan atroz. Lo acechaba un aterrador deseo de vivir de nuevo esa visión, lo antes posible. La parte en la que podía hacer todo con la mente era suficiente motivo para correr el riesgo. Sin embargo, el otro lado del sueño era lo que quería evitar. Porque cuando tenía el otro sueño, se veía a sí mismo, en la cúpula del escudo solar, plantando los explosivos nucleares que lo destrozarían todo. El boicot de su sueños, en sus propias manos. Y no podía evitarlo. Cómo tampoco podía torcer su condición. Un par de lágrimas recorrieron su rostro. Una mano suave y paciente las barrió con dulzura. Abrió los ojos. A su lado estaba su madre, con esos labios que lo eran todo. Lo abrazó con cariño y el se dejó estar. Allí estaba seguro, a salvo de todo, lejos de aquel rojo carmesí. De ese mundo que se caía a pedazos. De ese mundo que él mismo destrozaba cada noche.
- Sigue durmiendo - le dijo su madre luego de curarle la muñeca y darle un beso en la mejilla.
- Gracias Amapola - quiso decirle Arquímedes, pero sus labios apenas si se contrajeron. A cambio, le regaló una sonrisa.

11 de abril de 2017

La puerta mágica

El sonido del timbre debe ser el más lindo de todos en la escuela. Señala los recreos y también la hora de volver a casa. Cuando esa tarde el timbre sonó, Alexis y Tobías salieron con sus mochilas en dirección a la esquina.
- ¿Estás seguro que viste eso? – preguntó Alexis
- ¡Claro que sí! – respondió con fastidio su amigo – Es una puerta mágica, está en el patio de mi vecino. Anoche la vi brillar en la oscuridad desde la ventana de mi habitación. Pensé que era una alucinación, pero entonces la puerta se abrió y…
Un silbido agudo y fuerte los sobresaltó. Era Tito, un año más chico que ellos.
- ¡Eh amigos, qué hacen! – dijo al tiempo que sacaba caramelos de menta del bolsillo y le regalaba uno a cada uno.
- No me gustan de menta – avisó Alexis, rechazando el caramelo.
- “No me gustan de menta” – repitió en torno burlón Tito, que luego sacó un caramelo de chocolate y se lo cambió por el otro – Acá tenés de chocolate.
- Gracias - dijo Alexis, aceptando ahora si el caramelo – Escuchá lo que cuenta Tobías: dice que en la casa del vecino, hay una puerta mágica.
- En el patio de la casa del vecino – corrigió Tobías.
- ¿Y qué hace? ¿Lanza hechizos, regala algo? – preguntó curioso Tito.
- No sé, la vi anoche. Pero es imposible llegar. Hay un tapial enorme y un perro que se la pasa ladrando.
- ¿Qué viste salir de la puerta? – preguntó Alexis.
- ¿Viste salir algo de la puerta? – Tito estaba sorprendido con esa posibilidad.
- Si – contestó Tobías – Un conejo verde, de casi dos metros de altura.
- ¡Nooooooo! ¿En serio? – preguntaron al mismo tiempo los chicos.
La bocina de un auto los hizo mirar hacia la calle. Siempre distraída, María no había visto que el semáforo estaba en rojo. Por suerte para ella, el conductor había estado atento.
- Tenés que prestar más atención – le dijo Alexis – Si le cuento a papá que…
- Vos te callás la boca – le ordenó María a su hermano - ¿Qué hacen acá, tienen algún plan para más tarde?
Los chicos se miraron entre sí, pero no dijeron nada. ¡Claro que tenían un plan, irían a averiguar si existía esa puerta mágica! Pero no querían que María se sumara.
Caminaron en grupo, pero no volvieron a tocar ese tema. Era un “secreto” entre varones. Cuando los hermanos llegaron a su casa, los otros dos amigos le hicieron una seña a Alexis, que entendió perfectamente: lo esperaban más tarde en lo de Tobías. María también se dio cuenta de eso, pero se hizo la desentendida.
Cuando el reloj cucú que su padre tenía en la sala marcó las seis, Alexis dijo que iba a jugar con sus amigos. Sin perder tiempo, María esperó que la puerta se cerrara y luego, salió tras él, aunque manteniendo distancia para que no la viera. La casa de Tobías estaba a solo dos cuadras. Escuchó a su hermano golpear dos veces la puerta. Tobías y Tito salieron a recibirlo y en lugar de entrar, fueron al patio, por el costado de la casa. María se acercó para ver que hacían. Los encontró mirando el tapial que separaba la casa con la del vecino. Los chicos discutían entre sí.
- ¡Sin escalera no llegamos!
- Mi papá guarda la escalera bajo llave. Tenemos que conseguir otra.
- ¿De dónde?
Detrás de ellos se escuchó un carraspeó fuerte.
- ¿Y si usan un poco la cabeza? – dijo María, apareciendo por sorpresa.
- ¿Qué hacés acá? ¡Nos seguiste! – gritó su hermano.
- Y por lo que veo, llegué para solucionarles un problema. En lugar de estar discutiendo, hay que buscar una solución en equipo. Entiendo que quieren pasar por encima de ese tapial. Si no hay escalera, cooperando entre los cuatro podemos lograr que al menos uno de nosotros pueda llegar hasta arriba y saltar al otro lado.
- ¿Y después cómo volvemos a trepar desde el otro lado? Una escalera la podemos pasar por encima…
La niña le hizo “coquito” en la cabeza, aunque no muy fuerte.
- ¡Pensando, tontito! Podemos hacer una especie de soga, uniendo las tres remeras de ustedes. La sujetamos fuerte desde este acá y el que pase al otro lado, luego se trepa por ahí.
Los chicos se miraron entre sí. ¡Así de simple! No perdieron tiempo. Tito era el más liviano, por lo tanto, sería el que pasaría al otro lado. Alexis se ubicó abajo. Sobre sus hombros se paró Tobías. Sobre los suyos, María. Tito fue trepando con la ayuda de los demás y llegó hasta lo más alto. Pero al asomarse... ¡el perro del vecino se puso a ladrar!
La columna se desestabilizó y todos cayeron al suelo. Cuando vieron que nadie se había lastimado, comenzaron a reír.
- Tenemos que intentarlo de nuevo – dijo Alexis.
- Pero antes debemos conseguir algo para distraer al perro – sugirió María.
Tobías salió corriendo hacia el interior de su casa. Volvió al instante (la puerta se golpeó con fuerza a sus espaldas) trayendo una bolsa de galletitas.
- ¡Podemos darle algunas al perro! – dijo.
Los demás aplaudieron la idea y otra vez pusieron en marcha el plan de la “torre humana”. Esta vez Tito subió con masitas en la mano. Cuando el perro empezó a ladrar, le arrojó algunas. El perro movió la cola y se las devoró. Tito volvió a lanzarle otras. Para entonces el peludo “cuatro patas” bailaba de la alegría. Tito se animó a bajar. Cuando el canino se acercó, le dio más galletitas, esta vez en la boca.
- ¿Estás bien, Tito? – preguntó María desde el otro lado del tapial.
- ¡Si! Este perro es más bueno que una tortuga dormida. Voy a investigar la puerta – les gritó – Ustedes vayan preparando la soga de remeras.
Tito se puso a investigar el patio, en compañía del perro, que no dejaba de mover la cola. Miró detrás de unos arbustos, y nada. Detrás de una higuera, y tampoco. Estaba a punto de revisar cerca de un árbol de naranjas cuando escuchó un silbato que casi le perfora los oídos.
Un hombre lo observaba desde una ventana. Vestía un largo traje azul y llevaba una larga barba blanca. Tito se quedó inmóvil. Pensó que tendría tiempo de correr hasta el tapial pero entonces, el hombre desapareció de la ventana y apareció, como por arte de magia y tras una explosión de colores, delante de él.
Tito quedó con la boca abierta.
- ¿E… e… eres mago? – balbuceó.
- El mejor - contestó el hombre de barba blanca con una sonrisa en la boca - ¿Me puedes decir que buscas en mi patio?
- Una… una puerta mágica. Tobías… mi amigo… la vio desde su casa, acá al lado. Pero ya me iba, no queríamos molestarlo – Tito veía que la soga de remera colgaba en el tapial – así que si me lo permite, ya me voy.
El mago se puso a reír. Hizo un movimiento con las manos y un sonido como de abejas revoloteando dio paso a otra explosión de colores mucho más grande que la anterior. Y tras ese poderoso hechizo, aparecieron junto a Tito, los demás: María, Alexis y Tobías.
- Saltando tapiales se pueden lastimar mis queridos amigos, la próxima vez me tocan timbre y de paso los invito con una merienda – el mago largó otra risa, muy contagiosa. Los niños, al verlo, perdieron el miedo - ¿Quieren ver la puerta? Está ahí, delante de ustedes.
Los niños no veían nada. Solo el patio.
- Está siempre en el mismo lugar. La diferencia entre verla y no, son las ganas de creer que uno tiene. ¿Creen en la magia? Si lo hacen, la magia los recompensará. Creer es como la risa: contagiosa.
Tobías, que la había visto una vez, volvió a mirar y ahora sí la vio. Tito, Alexis y María dijeron al unísono: ¡Ohhhh! Ellos también la veían.
- Esa puerta nos transporta a nuestros sueños más hermosos – advirtió el mago – Y está en cualquier patio, en cualquier esquina, incluso, podemos encontrarla en nuestras habitaciones. Solo es cuestión de creer. Cuando estemos tristes, desesperanzados, solos… podemos invocarla. Y esa puerta nos llevará a viajar dónde nosotros tengamos ganas.
- ¡Es maravillosa! – dijo María, al abrirla. Desde el interior se escuchaban bellas melodías y el trino de los pájaros.
- Claro que lo es – dijo el mago – ¿Y saben cómo se llama?
Los chicos negaron con la cabeza.
- Se llama imaginación. Y la llave para abrirla, está aquí – y señalando su cabeza, desapareció dejando una sonrisa en el aire, tan hermosa como un arco iris.


* Cuento escrito para la clase de teatro que mi esposa Mariana dicta en escuela primaria, para poder aplicar diferentes técnicas relacionadas al sonido y con el eje temático del "trabajo en equipo".

5 de abril de 2017

Otra raza, casi utópica

Ni siquiera hablo de país o de patria. El sentimiento es aún más profundo.
Sueño, pero sueño despierto, una realidad diferente. Casi imposible, inalcanzable. Al menos, para nuestra raza humana, desde siempre conflictiva.
¿Se imaginan un planeta, y no solo una patria, donde no sea necesario marchar, porque no existe reclamo alguno?
Un mundo donde nadie esté por encima del otro y tampoco sienta la necesidad de estarlo.
Donde el bien común, el bienestar del prójimo, sea la idea principal de comunidad.
Donde la paz sea una constante. Y guerra, un término sin significado.
Donde la palabra libertad no necesite ser explicada una y otra vez, porque es el estado natural de todos desde que nacemos hasta que cerramos los ojos por última vez.
Donde la democracia ni siquiera tenga la necesidad de existir, porque nadie rige a nadie, ni por opción ni autoritarismo, y donde todos sean iguales en cualquier condición, más allá de su edad, salud o impedimentos físicos.
Donde nadie ejerce superioridad sobre otro ni nadie tampoco la ostente. Todos hermanos, todos compañeros, todos buena gente. Un solo fin común, una sola humanidad, una sola comunidad.
Donde la única paga sea el aire que se respira y las bondades del planeta, donde las tierras no tengan dueños y cada uno entienda que el sitio que trabaja o vive es un don temporal y debe ser cuidado
Donde los únicos colores sean los que vemos con nuestros propios ojos y no los que pretenden cegar nuestros pensamientos y ponernos en bandos opuestos, en divisiones que restan, es resquemores que terminan dejando heridas que jamás cicatrizan.
Pero cada día al abrir los ojos, de ese sueño que me desvela, despierto sabiendo que he soñado con otra raza, millones de años más avanzada, no en tecnología (que es una forma estúpida de medir cuán avanzado se puede estar), sino en razonamiento
Comprendo, mirando hacia atrás, al contemplar nuestra historia, que no somos nada y poco hemos evolucionado desde aquel hombre que arrastraba a su mujer de los cabellos para llevarla a su cueva. Es más, suelo ver que nada ha cambiado, cada vez que por ocio enciendo el televisor o leo un diario.
En un planeta donde nos han hecho creer siempre que sin líderes no se puede vivir, hemos dedicado nuestros esfuerzos y vidas a mantenerlos en el poder, desde el principio de los tiempos y a pesar de la historia, no hemos podido, ni querido, torcer ese destino de pasivo servilismo, muriendo, sufriendo, derrochando la vida, en nombre de estos y de ideologías que solo tienen como objetivo único y siniestro, el bienestar de ellos.
Podemos creernos inteligentes y tildar a otros de ignorantes, de clasificar entre pobres y ricos, hablar de clases y poderes, de fuertes y débiles, pero nunca reconoceremos que solo hemos perpetuado una sola idea, que se ha ido maquillando con los siglos: el opresor y el oprimido. El hombre de las cavernas y la mujer arrastrada hacia la cueva.
La humanidad nunca ha progresado. Sigue como hace miles y miles de años. Solo que ahora tenemos un vocabulario mucho más amplio y podemos darle más nombres a esa realidad.
No vivimos. Sobrevivimos. Nos mal enseñan a que es necesario tomar partido. Blanco o negro. Guerra o paz. Atacar o defenderse. Aprendemos a respetar y temer a quiénes viven de nuestro esfuerzo, en un escenario creado para que eso suceda cíclicamente.
Nadie pugna por abolir esas formas. Nadie busca un bien común. Se engaña quien cree que sus líderes sí lo hacen. El egoísmo y el poder nos gobiernan. La avaricia. El afán capitalista. La pantalla del de izquierda que se tienta con el dinero. El que dice que no es ni una cosa ni la otra pero es más de lo mismo.
Las marchas no piden por un planeta sin líderes, sin dinero, donde la igualdad sea total, en género, oportunidades, educación, salud, trabajo mancomunado. Sin fronteras. Sin colores, ni de piel ni de ideas. Nadie reclama por el hambre de la otra punta del planeta, porque total en la otra punta nadie protesta por lo que sucede aquí. Y con esa lógica, aplicada a cualquier lugar, los que lideran ganan, permanecen, se benefician y jamás serán derrotados. Cambiarán los nombres, las ideologías, las patrañas, no así el afán de poder, de exprimir al de abajo en una pirámide interminable que desangra hasta la última gota de esperanza de ver al género humano unido.
Será así por siempre, hasta que el planeta se detenga y nos obligue a la humanidad toda a desaparecer.
O será así hasta que las voces de los oprimidos se den cuenta que a pesar de los idiomas, las fronteras, las religiones, los colores políticos, en cada uno palpita un corazón y la sangre en todos los casos, siempre es roja. Y que sin importar cómo, llegamos al planeta, a la vida, de la misma manera. Para que entonces, finalmente, el mundo sea uno y nadie se considere más que el otro. Ese día tan distante, cuando los latidos suenen al unísono, la humanidad tendrá una oportunidad. En tanto, esa utopía, quizá forme parte de otra raza, en algún confín del vasto e infinito universo.
Esa raza con la que sueño despierto y me desvela.

3 de abril de 2017

Certezas

Abrazaba a su hijo en la terraza, contemplando las estrellas. El pequeño escuchaba atento el nombre de las constelaciones que le nombraba al tiempo que las señalaba. Entonces, un punto azul se desprendió del firmamento cruzando la noche como un relámpago. Justo encima de ellos se detuvo una fracción de segundos, dejando ver su figura ovoidal, luminosa. Luego siguió viaje perdiéndose en el cielo. Él quedo petrificado, maravillado. Había sido testigo, lo había visto con sus propios ojos. Pensó en Dios, en Mahoma, en Buda, en Hawkings, Einstein, en las miles de teorías, en la magnitud insospechada del universo. Todo en ese instante, en esa fracción mágica de espacio tiempo. Miró a su hijo, con lágrimas en los ojos y casi en un susurro dijo:
- David... ¿Te das cuenta de lo que significa lo que acabamos de ver?
Su hijo, levantando la mirada hacia él, asintió con la cabeza.
- Si papá, se pasó a gas.

30 de marzo de 2017

Una palabra

Se escondía detrás del palo borracho. Aprovechaba la hinchazón del tronco para ocultar su figura. Su hermano la buscaba fastidiado. Cada tarde la misma historia. Podía leerle los labios con claridad. Él juraba y perjuraba que sería la última vez.
Escuchó un fuerte chirrido a sus espaldas, del otro lado de la plaza. Dejó de prestarle atención a su hermano pero permaneció en el sitio. Desde donde estaba podía observar la escena. Un auto azul había frenado de repente para evitar un choque. Pero no podía distinguir contra qué.
La gente comenzaba a correr hacia el auto. La mujer que lo conducía se apeó temblando. Las voces se alzaron en la tarde y varios llamaron al mismo tiempo a la ambulancia. Para entonces, todo el barrio estaba en las veredas. Algunos vecinos se acercaban con miedo. Caminaban lentamente, tratando de descifrar que había ocurrido.
Recordó a su hermano y espió con cuidado. Ya no lo veía. Fue hacia el otro lado del tronco y volvió a espiar. Tampoco estaba allí. Giró en redondo y llevó su mirada a la calle, donde todos se arremolinaban alrededor del coche azul. Entre la multitud, vio a su hermano tratando de hacerse lugar entre los mayores.
Quiso entonces ir también en aquella dirección, olvidar su juego de cada tarde de escapar de casa y correr a toda velocidad para que su hermano la alcanzase. Quiso hacerlo, pero no pudo. Algo la aferraba. Pensó que se había enganchado la ropa en el árbol pero al bajar la mirada no había ropa, ni cuerpo, ni nada.
Se volvió hacia la calle. No había auto azul, ni vecinos, ni accidente. Solo su hermano, caminando despacio hacia aquel lugar, las manos en los bolsillos, el rostro vencido por la tristeza. Se sintió confusa, aturdida. Las imágenes, desordenadas, se debatían ante sus ojos. Supo que estaba desapareciendo, como si estuviese hecha de humo. Lo último que percibió fue un grito. Y aunque su hermano estaba lejos, callado, mordiéndose los labios mientras lloraba, el grito le pertenecía. Una sola palabra envuelta en un tono de desesperación y lamento, de desgarro y fatalidad.
Una palabra equivalente a su nombre.

18 de marzo de 2017

Ya estamos muertos

Desde hace un tiempo que no duermo tranquilo. Al apagar la luz y quedar en silencio la habitación, siento como los miedos se arrastran sobre el piso de madera y reptan lentamente por el colchón hasta cubrirme por completo. No es un problema de insomnio ni nada parecido. Es lo que he dicho. Son miedos. ¿Qué clase de miedos? Los más oscuros, los más aterradores. Los miedos que tiene todo padre cuando una hija crece y se aparta de a poco de uno.
Era consciente que pasaría, que en determinado momento los lazos que nos unen desde siempre iban a comenzar a estar tirantes. Es propio de una edad, de un proceso. Con los años, si la vida lo permite, esos lazos vuelven a relajarse. Pero mientras tanto, la relación padre - hija toma un camino de ripio, de penoso transitar.
Iba a pasar. Más con su carácter. Pero una cosa es prepararse y otra, estar de lleno en la situación. Y lo que pasó con Bárbara, podríamos decir, fue más allá de un cambio de actitud o de hábitos. No fue simplemente escuchar excusas para no ir juntos al cine, o a comer a un McDonalds, o ver con tristeza como su rostro no se alegraba ante un regalo. La magia que siempre existió, se había diluido. Como si todo lo anterior hubiese sido una ilusión.
Empezó cuando cambió de colegio, por decisión de su madre. Le quedaba más cerca de su casa y fue suficiente para que se tomara la decisión. Bárbara ni si siquiera protestó. Ya estaba en una postura apática, quizá merecida para con nosotros, por todo lo que debió haber sufrido a lo largo del divorcio. Una vez le pregunté que pasaría con sus amigos de siempre y su respuesta fue toda una ironía: ¿Cuáles amigos?
En la nueva escuela encontró personas más afines. Que si bien le devolvieron las ganas de concurrir a clases, encendieron mi estado de preocupación. Sin dudas, allí comenzó a gestarse mi afinidad por las noches en vela, tratando de dilucidar hacia dónde iba mi pequeña. Es que lejos de poder apreciar al nuevo grupo, sentía cierta repulsión.
En ese momento no podía precisar los motivos que me hacían pensar que no eran buena gente. Se lo comenté a mi ex mujer varias veces, pero con tal de llevarme la contra, fracasé cada vez que lo hice. Tampoco ayudaba a que no pudiera dar precisiones cuando me las pedían. Pero escapaba realmente a mi vocabulario encontrar las palabras justas que pudieran describir lo que sentía al verla llegar o irse con ese grupo de amigos.
Podían ser sus gestos, su poca cordialidad, la palidez de sus rostros, la ropa holgada y desgastada, el andar lento y cansino, la casi nula intención de saludo que tenían o quizá, lisa y llanamente, eran esos malditos tatuajes de rostros cadavéricos que llevaban por todas partes del cuerpo.
La noche que Bárbara apareció con su primer tatuaje en el cuello, casi grité del susto.
- ¡Qué es esa cosa que te hiciste! - le aullé con bronca.
- Un tatuaje - respondió lacónicamente.
- Parece el rostro de un muerto.
- Es el rostro de un muerto.
Quedé atónito. Pensé que su respuesta era una reacción defensiva a mi evidente descontento. Pero no, era verdaderamente el rostro de un cadáver.
Dejó de venir a casa a diario. Sus visitas se limitaban a los jueves o viernes y solo para pedir dinero. Su madre me decía que eso pasaba por mi culpa, porque nunca la apoyaba en sus decisiones. En algún momento creí que podía ser posible. Aunque no por mucho tiempo. Un viernes pasó a buscar dinero. No había venido sola. Un auto que mantenía el motor encendido, la esperaba afuera. Salí hasta la vereda a ver la compañía de mi hija. Me espanté. Tres de las cuatro personas que estaban en el vehículo estaban maquillados de blanco, con detalles oscuros en los ojos y un carmesí intenso en los labios.
- ¿Por qué se disfrazan? - dije en voz alta, alarmado.
- No son disfraces - respondió enfadada ella - Son nuestras vestimentas papá.
Lancé una carcajada a la noche. Y cometí el error de abrir la boca para hablar.
- ¿Se visten de muertos? ¿Algo más alegre no tienen?
- Ya estamos muertos, papá. Solo lo aceptamos.
Llamé a su madre muy enojado. Le eché en cara que seguro no sabía con la clase de personas que se juntaba Bárbara. Discutimos, cómo lo hacíamos siempre que hablábamos. Ella cortó con furia y yo quedé masticando bronca. Esa noche no dormí. Por la pelea, por mi hija...
Al día siguiente volvió a pasar por casa, después del atardecer. No cruzamos palabra alguna. Le di dinero y esperé que se subiera al auto en el que había venido. Era el mismo del día anterior y con la misma gente acompañándola. Esta vez no me quedé quieto. Subí a mi coche y comencé a seguirlos.
Dieron varias vueltas, hicieron un par de paradas y finalmente estacionaron cerca del río, en una zona de galpones viejos y altos, que suelen usarse como refugio cuando hay inundaciones. Podía escucharse el volumen fuerte de la música, proveniente del lugar. Varios jóvenes entraban y salían del galpón y otros tanto permanecían en las afueras, en grupo, solos o andando en skate.
Me fui acercando, tratando de ocultarme entre las sombras. A medida que me aproximaba fui observando mejor a las personas que deambulaban por el lugar. La gran mayoría llevaban sus rostros maquillados de blanco. Incluso hasta se dibujaban detalles que los asemejaban a cráneos humanos. Algunos resaltaban los ojos, otros los pómulos y algunos los labios. Llevaban tatuajes en toda la piel que quedaba a la vista. Su hija no había llegado a tal grado de locura, no de momento. Probablemente era una cuestión de rangos. Quizá por eso ella tampoco pintaba su cara como un muerto.
La música se filtraba por cada hendija del galpón. Los jóvenes que estaban afuera no conversaban entre sí. Ni siquiera los que estaban en grupos. Se pasaban algún que otro cigarrillo entre sí, o jarras con alcohol, pero no pronunciaban palabra alguna.
Lo que observaba me ponía los pelos de punta. Quería ver que hacía Bárbara en el interior del galpón. Avancé por la parte trasera, donde todo era oscuridad y me topé con una puerta de chapa. Chirrió cuando la forcé, pero nadie me salió al cruce. Era una especie de depósito. Había una puerta más adelante. Caminé con prudencia, porque apenas si podía divisar las siluetas de los objetos que me rodeaban. Al llegar a la puerta el sonido de la música era tan intenso que me dolían los oídos. Cuando la abrí, pensé que instantáneamente me quedaría sordo.
Pensé que con la música también me iba a encontrar con luces por doquier y gente bailando de manera enloquecida, pero mis ojos siguieron tratando de adaptarse a la oscuridad, porque las pocas luces que había apenas eran tenues. La gente se comportaba como lo hacía afuera del sitio. Permanecían quietos o avanzaban como arrastrándose sobre sus pies.
No tardé en darme cuenta que nadie se asombraba por mi presencia. Avancé entre la multitud, abriéndome paso con velocidad. Buscaba con la mirada a Bárbara. Rostros blancos, rostros pálidos, rostros dibujados. Pero ninguno el de mi hija. Entonces la vi, parada cerca de un grupo, ninguno mirando a nadie, todos observando la nada misma.
- ¡Bárbara! ¡Vamos a casa! - le exhorté, tomándola de un brazo.
Sin mostrarse sorprendida, quitó mis manos de su brazo de un tirón y se alejó un metro. Me miró de soslayo, como estudiándome. Podía leer sus ojos, preguntándose ¿qué hace este pelotudo de mierda acá? pero al mismo tiempo, no veía signos de reproche o enojo.
- ¿Estás drogada? - pregunté haciendo el máximo esfuerzo por ser escuchado, lastimándome la garganta.
Clavó sus iris en los míos y sus labios permanecieron apretados, en silencio. Creí que no iba a hacer nada más, pero entonces negó con la cabeza y acercándose, me susurró en el oído:
- Te dije que estamos muertos, solo esperamos a que el resto lo comprenda en algún momento.
Quise contestarle, pero apretó mi mano con fuerza para que la dejara seguir hablando.
- Vos estás muerto papá, mamá lo está, yo lo estoy. Ustedes no lo saben, yo si lo sé. Nosotros lo sabemos. Esto que llaman vida, no es más que una sala de espera. Morimos en alguna parte, y vamos a seguir muertos, hasta tanto nos llamen. No molestes, papá.
Bárbara me dio la espalda y el grupo se alejó caminando. Los oídos estaban a punto de sangrar. Me marché. No volví a ver a mi hija hasta una semana después. Pasó por casa, me pidió dinero y se lo di. No llamé a su madre en todos esos días y dudaba si alguna vez volvería a hacerlo. Ese día Bárbara llevaba el rostro pintado de blanco.
Mis noches son desde entonces, más tormentosas. Como ya dije, no puedo conciliar el sueño. Los miedos están en todas partes. Es un miedo irracional. Tienen que ver con mi hija y al mismo tiempo no. Pienso en sus palabras, que me taladran segundo a segundo, que no me dejan pensar en otra cosa. Ya estamos muertos. Condenados. ¿Y qué hacemos entonces acá, en este mundo? Si ya estamos muertos, qué es lo que hacemos.
Quizá esa sea la respuesta que tantas veces nos hemos hecho. Hoy mi hija, ya no es mi hija. No quiere serlo, no le importa. Es probable que nunca lo haya sido. Que en esta existencia los roles nos toquen asignados, a la espera del final definitivo. Que la vida sea otra fase de la muerte, algo más vívida y consciente, como al dormir, en nuestra mente, tenemos ciertas escalas de consciencia en forma de sueños.
No lo sé. Y me aterra pensar en todo esto. Pero no me queda otra. La noche es larga y los miedos se divierten a costa de mi incertidumbre. Ni siquiera pintando mi rostro de blanco, encuentro el descanso que tanto necesito.

14 de marzo de 2017

El pueblo de la buena gente

Nuestro pueblo está enclavado en un lugar ideal, tiene tierra fértil y clima benévolo. Sus habitantes son buena gente, trabajadora. Alternan sus rutinas con pasatiempos tradicionales: el fútbol, las cartas, la timba, el baile, las peñas, alguna que otra carrera de caballos en las afueras.
Recurrimos poco a la ciudad, que nos queda a casi doscientos kilómetros de caminos deteriorados y en su mayoría sin asfaltar. Nuestras calles son de tierra y cuando llueve se transforman en caminos de barro y agua. No tenemos los servicios públicos que pueden encontrarse en otros sitios. No hay cloacas, ni gas y la electricidad es algo que va y viene, según el estado del tendido eléctrico y las ganas de repararlo de la empresa estatal de energía.
El agua la sacamos de pozos que hacemos nosotros mismos, aprovechando las napas naturales que atraviesan el valle. Consumimos lo que cosechamos e intercambiamos con los demás. Lo que nos hace falta, cada treinta días lo compramos en la ciudad. Hacemos un solo viaje, en el camión de Fermín y solo vamos cuatro o cinco. Nos dividimos, uno al supermercado, el otro a la farmacia, otro a la ferretería y el otro al banco. Somos muy organizados.
En nuestros campos las vacas pastan tranquilas y no sufren al ser ordeñadas. Los gallineros explotan de huevos y los caballos corren felices y salvajes por el verde paisaje. El río que corre al este nos invita de peces y el suelo nos devuelve nuestro afecto y cuidado proporcionando las mejores huertas y sembrados que puedan imaginarse.
Para la ciudad, no existimos. Y mejor así. Cuando pisamos el cemento duro no decimos de dónde provenimos. Si bien nos conocen, ignoran de dónde partimos. Nos preguntan y les decimos del campo. Y eso mitiga su curiosidad. Cinco letras que son nuestra libertad.
En nuestro pueblito hay buena gente y eso nos conforta y nos hace sentir orgullosos. Tenemos todo lo que la naturaleza puede darnos y lo combinamos con lo mejor de la humanidad, su hermosa cultura, sus juegos, las alegrías fruto del ingenio.
Pero para ir a la ciudad y someternos al intercambio de mercadería necesaria a cambio de dinero, necesitamos esto último y nuestras cosechas y animales solo alcanzan para el pueblo. Y por más que hemos hecho cálculos, tener cosechas más grandes o un mayor número de animales, significaría una cosa: llevar al pueblo más trabajadores. Y pasaría lo que pasa siempre que una economía crece: el pueblo se agrandaría, comenzaría a agigantar su escala. Si prosperáramos, tendríamos cada vez más gente viviendo con nosotros. Desconocidos, trabajadores que irían con sus familias. El pueblo se convertiría con los años en ciudad y llegaría el cemento árido y siniestro, las edificaciones frías, el asfalto, las empresas, los bancos, los negocios... el vil dinero arrasaría con todo. Nuestra comunidad perdería su pureza.
¿Y cómo la mantenemos? Con sacrificios de unos pocos.
Mientras otros cosechan, otros cuidan de los animales, o talan árboles para obtener madera (y luego vuelven a forestar), otros van al río y otros buscan nuevas napas, unos pocos obtenemos el dinero.
Somos los que nos vamos por las noches y recorremos esos doscientos kilómetros bajo la protección de la luna y las estrellas, amigos del silencio y la oscuridad, los que furtivamente nos escabullimos en la ciudad de la codicia y el caos, y en nombre del pueblo y el bienestar de todos sus habitantes, irónicamente nos convertimos en malas personas y robamos el dinero que nos hace falta para poder negociar con la ciudad que no deseamos ser.

10 de marzo de 2017

La razón de la demora

En la oscuridad cuesta distinguir las sombras de la realidad. Un instinto primitivo, muy parecido al miedo, domina nuestras mentes en esos instantes y nos miente descaradamente. Creemos ver lo que no existe. Algo que pasa velozmente a nuestras espaldas, un brazo que se balancea en un rincón, los ojos de un monstruo que nos acecha detrás de la puerta, una mancha que repta por la pared. Figuras, sonidos, sensaciones. Nuestro cuerpo se torna helado, el corazón se acelera y el grito, ese clamor de auxilio atragantado, muere en el mismo silencio donde nace. Tratamos de no movernos, de no despertar el interés en lo que sea que nos está observando. Sabemos que es tarde, que ya nos ha visto, pero guardamos una esperanza. Es eso o romper a llorar desconsoladamente. Un rezo interno, un pedido de clemencia, de piedad. Evitamos incluso tragar saliva, para ahorrar un sonido que nos delate. Estamos seguros que en cualquier momento, eso que allí habita se nos vendrá encima, o una garra aferrará nuestros tobillos. Podemos incluso sentir el aliento extraño y jadeante acercándose. Lo último que hacemos es cerrar los ojos. Porque esa visión nula, pero con los párpados en alto, es la última defensa que nos queda. Cerrar los ojos, entregarnos a la oscuridad, es la rendición. Es bajar toda guardia y dejarle el plato servido a la bestia. Estamos perdidos. Nuestra hora he llegado. Tratamos de pensar con celeridad. ¿Tenemos un encendedor en los bolsillos, un fósforo? ¿El teléfono celular ha quedado cerca? ¿Habrá vuelto la energía eléctrica? ¿A cuántos metros o centímetros estaremos del interruptor de la luz? Estamos transpirando. A pesar del frío que nos envuelve, una gota cae rodando por la mejilla. ¿Pero... será nuestro propio sudor o es la sangre que ha caído de un colmillo próximo a nuestro cuello? Ya no podemos respirar. Nos agitamos, queremos llorar, gritar, correr, todo al mismo tiempo. Pero no atinamos a nada. Estamos paralizados. Y eso, aquello que trae la oscuridad, sigue avanzando. Nuestros vellos erizados lo corroboran. Es probable que antes que el monstruo, nos mate un paro cardíaco o un ACV. Hay un sonido leve, un golpeteo. ¡Son pasos! Pero no, comprendemos que son nuestros propios huesos que se golpean, producto del temblequeo de las extremidades. No entendemos, sin embargo, la razón de la demora. El por qué de extender el momento. Si ya estamos muertos, por qué prolongar nuestro sufrimiento. Ya tendría que caer sobre nuestras almas el zarpazo, el hacha, el cuchillo, el rostro carcomido por gusanos, ya tendríamos que comenzar a agonizar bajo el yugo de la oscuridad. Y sin embargo, aún estamos de pie, aguardando. Solo nosotros y nuestro primitivo instinto contra la oscuridad y sus secretos. Una confrontación desigual, horrenda. Nosotros, en la ignorancia. Ella, con la soberbia del diablo, dueña del tiempo y el destino. Riendo con sus dientes negros, rechinando el paladar, confundiéndonos con sus sombras, penetrándonos con sus ojos eternos, tan densos y oscuros como la muerte. Y cuando creamos desfallecer, se retirará, nos dejará en vergüenza ante la claridad, sin monstruos ni peligros. Y no podremos explicar que era en realidad lo que nos asustaba. No señor, no podremos hacerlo. Y lo que es peor, jamás podremos prepararnos para el próximo embate, ni para el siguiente, ni el siguiente del siguiente. La oscuridad volverá una y otra vez, sin anunciarse. Y desaparecerá las mismas veces, en un juego cínico y siniestro. Lo hará cíclico hasta que crea que sea el momento. Y entonces, finalmente, las sombras nos devorarán. Tarde o temprano. Todo dependerá de la oscuridad. De sus ganas de prolongar lo inevitable.

6 de marzo de 2017

Alfredito

La verdad es que nadie sabe en el barrio con certeza cómo empezó el rumor. Alfredo siempre se mandó la parte de mujeriego, incluso después de casarse. Solía aparecer con revistas para hombres y comentar que a varias de las mujeres que aparecían sin ropa en las páginas internas se las había "cepillado" en algún momento.
No todos le seguían la corriente. Alfredo era el típico hombre que se las sabía todas. Era el mejor amante, el mejor besador, el más romántico, y una lista interminable de virtudes que él mismo enumeraba y que prácticamente lo hacían el mayor semental del país. Sin embargo, siempre hay quiénes se tragan el cuento y sirven de alimento para su ego. Y en el barrio había muchos.
Solía piropear a las mujeres que le pasaban por al lado. Era grosero y atrevido y más de una vez se topó con una mano sobre el rostro. Pero no escarmentaba. Se pronunciaba en voz alta incluso cuanto la mujer que pasaba a su lado iba acompañada por un hombre. También aquello le trajo más de un problema y unos cuantos golpes. Pero Alfredo los disfrutaba. Cada vez que arriesgaba su integridad por decirle algo a una mujer, era un punto más a su favor ante los imbéciles del barrio que se rendían a sus pies, como si fuese una especie de héroe del culto al macho argentino.
Fue así desde que tengo memoria. No obstante, hubo alguien más imbécil que todos los imbéciles juntos que lo rodean cada tardecita en el bar de la esquina: yo. Porque de todas las minas del barrio, la única pelotuda que cayó en sus garras y se dejó engañar, fui yo. Pensé que lo iba a cambiar una vez casado, pero no lo logré ni por asomo.
Hace veinte años que lo sufro, sabiendo que me mete cuernos de todos los tamaños y que lo alardea a los cuatro vientos. ¿Y qué voy a hacer yo, con cinco chicos que criar, amén de los tres que partieron ya por sus propios rumbos? ¿Me dice qué puedo ayer yo, más que agachar la cabeza y hacer como si nada? Bueno, algo si pude hacer. Y a diferencia del pelotudo de mi marido, jamás lo voy a contar a los cuatro vientos. Pero a usted si, a usted se lo voy a decir. El rumor lo largué yo, como quién no quiere la cosa. Tengo la cara nomás, era hora que hiciera algo.
Lo quiero ver ahora al Alfredo. Hace dos días que no pisa la casa. En el bar no tienen idea dónde está. Debe andar escondiéndose en lo de algún pariente, en alguna otra punta de la ciudad. No va a resultarle fácil limpiar su nombre. El "potro", el "torito", "el semental". Más vale una imagen que mil sandeces dichas por ahí. ¡Dios mío, que no se entere el Padre Julián que le usé la fotocopiadora para imprimir los volantitos con la foto del "pitito" del Alfredo, porque me quedo sin la changa en la parroquia!
Pero si tiene que ocurrir, que ocurra. Hacía rato que no hacía los mandados con una sonrisa en la cara. Por fin la vergüenza es del otro. Y si no aparece... ¡seguiré criando a los hijos sola, como hasta ahora! ¡Cómo si fueran de él, carajo!

2 de marzo de 2017

La derrota de los escritores fugaces

Hubo una época en que nos sentábamos a escribir. No precisamente juntos, si bien ganas no faltaban: las distancias lo impedían. No había un acuerdo previo, ni una misma motivación. Solo sabíamos que el otro, en papel, en la computadora o mentalmente, estaba creando una historia. Y cada uno, sin saber que escribía el otro, creaba una parte de ese escrito. Lo llamábamos el texto universal, porque todos y cada uno escribíamos sobre lo mismo, sobre la vida.
Estábamos felices, dedicados de lleno a cerrar los ojos e imaginarnos oraciones, párrafos completos, de un solo tirón. Escribíamos sin parar, de día y de noche, riendo y llorando, acompañados por música o en el más absoluto de los silencios. Podían pasar días sin que nos diéramos cuenta que no habíamos probado alimento alguno o ingerido un poco de agua. Nuestras venas tenían palabras, nuestro corazones bombeaban argumentos. En aquella época, nuestras almas convergían en un solo ser, un solo escritor.
Hasta que uno de nosotros comprendió que si escribíamos sobre la vida, el texto concluiría indefectiblemente en la muerte. Quizá se adelantó más que los demás en los capítulos posteriores, vislumbrando el inevitable final. Cuando todos caímos en la cuenta que por más líneas que agregáramos, o giros argumentales que interpusiéramos, el final sería siempre el mismo, ya no pudimos continuar.
Abandonamos nuestros teclados, nuestras máquinas de escribir, los lápices, los ejercicios mentales. Las hojas dejaron de acumularse en pilas enormes a punto siempre de desmoronarse y se transformaron en resmas estáticas, pálidas, sin ninguna atracción. La tierra y el polvo avanzaron de a poco, cubriendo esas superficies que alguna vez fueron nuestras. Dejamos las ideas adormecidas, sin ninguna esperanza de despertarlas. Nos arrojamos a la rutina del día a día, del sobrevivir, postergando nuestros sueños, porque al fin de cuentas, el final siempre es el mismo.
Y así, convencidos de nuestro fracaso, dejamos que la que camina lento, la que nos da una vida de ventaja, nos devore vivos. Las letras olvidadas, ya no darán cuenta de esta derrota.



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26 de febrero de 2017

Los pares

Conocí "Los Pares" el último verano, estando de vacaciones. Jamás me propuse visitarlo, como tampoco nunca me propondría regresar. Es un sitio muy pequeño, que ni siquiera aparecía en los mapas que había consultado previo al viaje. Cuando vi el cartel verde con letras blancas anunciando su nombre temí haber equivocado el camino. Era imposible, porque me estaba guiando el gps. Y si bien había escuchado historias extrañas con respecto a esa tecnología, como por ejemplo, automovilistas que habían terminado a kilómetros del destino que le habían indicado al aparato, tenía plena certeza que no me había desviado ni un ápice de la ruta.
Fui bajando la velocidad a medida que ganaba terreno en la arteria principal del pueblo. Podía darme cuenta que lo era por el cantero central que dividía la calle en dos, aunque no alcanzaba para calificarla como boulevard. Las casas eran bajas, de mal aspecto. La disposición de las manzanas tenían el típico dibujo de damero. Supuse que serían unas pocas calles y que más adelante la ruta retomaría su fisonomía de soledades continuas que caracterizaban hasta el momento el viaje.
Me llamó la atención en las primeras casas que tuvieran dos puertas, una un poco más grande que la otra. Al prestar atención constaté que todas las viviendas tenían la misma disposición. También eran dos las ventanas al frente, sin importar que las casas fuesen totalmente diferente entre sí en cuanto a la arquitectura.
Me detuve delante una construcción con la fachada pintada de rosa. En la vereda estaba sentada una pareja de ancianos.
- Abuelo, disculpe - dije dirigiéndome al hombre - ¿Por esta calle vuelvo a retomar la ruta?
La pareja me observó con desconfianza, tratando de mirar por encima de mi hombro, hacia el interior del vehículo. Los vidrios polarizados y mi precaución constante de mantener apenas abierta la ventanilla, impedían una vista limpia dentro del coche.
- Es que no tengo el pueblo en el gps - me excusé, como si todo se redujera a esa explicación, y no a mi falta de orientación innata y el miedo a avanzar sin saber dónde me llevaría esa calle.
El hombre se puso de pie, con cierta inestabilidad. Detrás de su asiento tenía apoyado un bastón, con el cuál se valió para acortar los pasos que lo separaban del cordón de la vereda y mi vehículo. Al tenerlo a medio metro, le mostré mi mejor sonrisa. Esa que dice sin palabras "soy un buen tipo y necesito ayuda".
- ¿Con quién viaja? - inquirió el anciano para mi sorpresa. Ni hola, ni una media sonrisa, ningún gesto de amabilidad. Solo esa pregunta tajante y su rostro arrugado pero imperturbable, tratando de mirar hacia el asiento del acompañante.
- Con nadie - contesté al cabo de unos segundos. Debo confesar que una pregunta a otra pregunta no era lo que me esperaba.
- Viajo solo, don - y vaya a saber por qué, agregué: Dos son multitud.
El rostro se le transfiguró, prácticamente como si lo hubiese insultado o querido atacar. Retrocedió con claros gestos de alarma. Parecía que le faltaba el aire y trataba de llegar hacia donde estaba su mujer, que alertada por los movimientos de momia de su marido, hacía un esfuerzo para ponerse de pie.
Pensé que le estaba dando un ataque cardíaco. Puta suerte, dije por lo bajo y a punto estuve de abrir la puerta y salir a la vereda. Dios o el mismo Diablo no quiso que eso sucediera, vaya a saber uno quién de los dos.
El viejo empezó a los gritos.
- ¡Viaja solo! ¡Viaja solo!
Los gritos asustaron a la mujer, que se puso pálida y sin fuerzas, se dejó caer de culo en la silla. Desde la casa contigua, salieron dos jóvenes. Otros dos aparecieron del otro lado de la calle. Cada uno llevaba un perro. Más allá, una pareja salió de otra de las casas. La calle y las veredas se fueron poblando. Siempre de a dos personas, o de a cuatro, se iban agrupando. Parecían hablar por lo bajo. Podía leerse el miedo en sus miradas. ¿Miedo a mí? Si no fuese que todo era tan raro que me daba una sensación horrible en el estómago, la situación me habría partido al medio de la risa. ¿Miedo a mí, que no mato una cucaracha porque me da asco?
De a dos, cuatro, o seis personas, se iban acercando. Se miraban entre sí y miraban al viejo, que de tanto en tanto decía "va solo, va solo". Un matrimonio que podía observar por el espejo retrovisor, ya a centímetros del baúl del auto dijo con total claridad, al unísono: "Es un impar".
¿Un impar? Eso fue suficiente para hacer un clic en mi cuerpo y salir del letargo. Puse en marcha el coche y aceleré, tratando de esquivar a los vecinos que en grupos de a pares estaban casi encima del vehículo.
Fui dejando atrás esa calle con el cantero al medio, las casas bajas de dos puertas y dos ventanas al frente y, vaya detalle, dos o cuatro árboles sobre la vereda delante de cada una.
Cuatro cuadras más adelante la calle se convirtió otra vez en ruta y por los espejos no quedaban rastros del pueblo. Con un frío húmedo e intenso recorriendo de punta a punta la espalda, volví a consultar los mapas en la tablet y en el gps. Los Pares no existía en ninguna parte. Y sin embargo, allí había estado. Y aunque ahora me resulte exagerado incluso de creer, si hubiese permanecido un segundo más, no habría contado la historia. Algo internamente me decía - y me sigue diciendo, casi como un susurro constante - que esas personas se iban a encargar que mi unitaria presencia no desencajara con la simétrica proporción de los pares que regían su espeluznante y pequeño pueblo.